En la imposibilidad de retratar su imaginario a través de la contemplativa que sus aerostáticos proporcionara, mermó el fuego lentamente y descendió a la sima en un parpadeo que pareció nunca finalizar. Le rodeaba una panorámica inabarcable y la mínima llama latió entonces con terca parsimonia en el centro de todo aquello. Allí, un latir que retumbó en cada superficie. Allí estaba. Estaba la fumarola de su mano desierta. Estaba el m m m en todas los autobuses que solía tomar. Eco hacía y estaba allí, de seguro que sí. Estaba el agua rebotando a sus pies. Estuvo. En la baldosa negra donde toda letra de amateur resaltara por sí misma. En el roce de tu mano en tu bolsillo y algo más. En el secreto placer mientras leía obseso. En la obsesión por disimular el parche que ya de suyo demostraba la desaparición de toda mala costra, de todo hedor. En la máscara neobarroca que buscara para cubrir su rostro de pueblo. En el peso de su torso en tus piernas. En la lluvia de meteoritos que no vieran por someterse a un film de medianoche. En el letargo de su oído gozando del ave migratoria que trinaba con acento extranjero afuera de su ventana al amanecer. Allí. Sólo esa mañana antes que el fin de temporada se la llevara a otro campo, quizá gris como este, quizá verde quién sabe si allí estaba. Pero allí estaba y no lo viste. En el calce de su dedo en el precipicio de tus dudas. En el borde más agudo de tu niño errante no pudiste ver su legado exhausto de paso etéreo de alarmas apiladas queriendo besar tus ojos para despertar una piel que vio más días para morirse sin ver.
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