domingo, 1 de julio de 2012

4 años

Un tomate en mi mano. Esa tarde fue el primero que tuve para asir, retorcer entre mis dientes de esa forma. Poder amordazarlo y chorrearme de él con toda licencia. Me la habían dado sin conversar siquiera porque todos lo hacían riendo sobre un chal salpicado de cuadros y arena en los bordes, ansiosa por llenarlo todo de gris bajo un árbol que por mi amor a la botánica hoy lamento no recordar, pero que sin embargo, nos cubría incondicional del sol de verano en Villarrica. Era mi tomate, y disfrutaba cada pepita amarilla que se ahogaba entre lujuriosos sangrientos. Allí, lejos de los modales que coartaban mi imaginación
de la posibilidad de manchar mi ropa en cenas familiares con visitas de fin de semana, en mi casa y la de alguno que otro tío de Santiago en la cual se confabulaba contra mi voz y porte. Mi voz hacía un desaire
si se pronunciaba fuera de la oreja izquierda de mi madre cuando sólo quería ir al baño. Mi porte, mientras más se viera superado por el tamaño de la mesa familiar, menos contribuía a darle validez a mi voz. No tendría derecho a opinión. ¡Ay! de mi que osara a contradecir la información con la que mis padres 
contribuían entusiásticamente al participar de la tan alta conversación adulta sobre la neurótica vecina de enfrente, el gato del solterón de al lado, o algún terremoto en Hastinapur. No cabía sino modales que opacasen mis pasiones orales y ayudaran por supuesto a envidiar esas bocas enormes disfrutando 
no sólo el comer sino también el afanoso conversar. Ese rojo de verdad me enviciaba y compensaba el no estar con mi abuela de la trinchera paterna en Temuco. Juguetona, deliciosa y severa, sin embargo coloquial señora que combinaba aún mejor, ciertamente, con el devenir de entretenciones de ese día. Todos esperaban ir al agua y que todos fueran, y claro, eso me involucraba directamente con esas sonrisas expectantes por verme semidesnudar y correr en carreras forzadas, bobas al agua. Todos querían que todos volvieran gustosos a quitar el chal de su comodidad para ponerlo a tostar junto a las otras marraquetas que se tirarían sobre él. Yo no fui, y no me lo quitaron, dormí profundamente nada podían hacer con ello,me aburrí como ostra y en agua dulce. Nada era igual con frío y después de la última pizca de sal en el último trozo de tomate que devoré con alevosía y que mi abuela temuquense hubiera salpicado a diestra y siniestra con la misma alevosía que yo. En la foto aparezco ofreciéndolo, si, con una cara de falsa angustia. Era erotismo puro de no saber qué hacer con tanta libertad había dado ya el primer mordisco, e ignoraba que ese mordisco opacaría el resto de la tarde y también la foto hoy al mirarla.

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