Quitarse la ropa al parar la lluvia y buscar un buen pasto y tirarse en él desnudo y revolcarme y mirar el árbol más cercano y sentir que mi cabeza es una raíz más ansiando el sol y mirarlo salir entre ramas y detrás de un árbol todo erecto y todo hierto en este invierno que lo duerme todo menos esta mano y la tuya y entonces grabarme la luz al cerrar los párpados y congelar mi cabeza en el pasto y dolerla y buscarla y dejarla descansar y dejarla considerarse tan sólo como o que es y pararme en ella y que sepa que no me importa y que no me explote y menos ahora que le hace tanto frío y que me pregunte y dónde está el límite entre el bulbo y la médula y entre ella y yo y no saberlo y no conformarme y no necesitarlo y aún querer preguntármelo y no quedarme en paz porque casi podría decir que soy yo y mi cabeza y que ambos nos turnamos el cojeo y el pajeo y el rastrujeo de migajas de cariño al otro en mí y a ti y en todo esto verme verde y café y verde y café y sacar unas alas que me saquen y me suban y me bajen y me suban y me bajen y me decapiten finalmente y me usen de ala rota y me usen de paloma y creer que mi cerebro es de una de ellas y querer volver a tierra y enterrarme en la raíz con un cuerpo acatarrado porque desde ahí abajo todo lo alto es vida y todo lo alto vuela y me inspira y porque a lo volé siglos atrás y es la misma brisa que me seguía y la misma risa que me poseía y la misma corriente de conciencia que me impulsaba a amarte sea cielo y sea tierra y sea entrepierna y cualquier otra parte.
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